
Esto lo escribí como aporte al I Encuentro por la Diversidad (Domingo 14 de marzo, Piletón del Parque Avellaneda, San Miguel de Tucumán, 2010).
Un aspecto positivo innegable de la religión es que hace posible la herejía. Pocas fuerzas tan desestabilizadoras como las del deseo cuando se estrella contra los muros de la ley, gran ocasión para comenzar a pintarles a esos muros la ley del deseo. Ojalá pudiéramos todos formarnos en la voluntad partisana para ser capaces de decir: “cuando escucho la palabra ‘dogma’, empuño el deseo”; o mejor aún: “cuando caen sobre mí los dictados del dogma, dejo que me empuñe mi deseo”.
La cultura es la hidráulica del deseo. Lo paradójico es que este complejísimo conjunto de dispositivos de drenaje, encauzamiento y canalización reclame para sí los atributos de la naturaleza. El “orden natural de las cosas” es la fórmula más recurrente de los custodios del ordenamiento, siempre ansiosos de reducir el deseo a un catastro. Y sin embargo, las plataformas desde donde se prescribe este “orden natural” son las mismas que obturan —con el colosal artificio de sus estructuras— cualquier retorno a la naturaleza. Por supuesto, la invocación a la naturaleza contiene la magia autolegitimadora del apelar a lo irremisiblemente lejano o perdido. El deseo no es el agujero en la capa de ozono, no es la deforestación, no es la alteración del clima: el deseo es el ozono, es la fauna y flora, es el clima.
El deseo es la naturaleza humana misma, una naturaleza propia que no se ciñe a los dictados biológicos, de ahí que la historia consista mucho menos en la satisfacción de las necesidades que en la insatisfacción del deseo, de ahí que haya historia e historias, de lo contrario habría sólo historia natural.
Las civilizaciones son una fase de la naturaleza humana. No hay otra civilización que la del deseo. Allí es donde entran en tensión y diálogo con el deseo proyectos como el de la justicia, la verdad y la libertad. Allí también es donde se levantan los muros y se abren brechas entre lo que se quiere y lo que se desea.
El consumismo —de bienes y cuerpos— es banalización y domesticación del deseo.
La sexualidad humana no está dictada por la dotación genital ni las funciones biológicas. La sexualidad es cuestión de deseo. La sexualidad es permanentemente asediada por los dispositivos disciplinantes, incluyendo los dispositivos de la llamada “liberación sexual” según los cuales hay sólo una determinada vía para liberar la sexualidad.
Hasta la liberación cede a la tentación del dogma: así como habría sólo una determinada forma de ser hombre y ser mujer —la trazada por la heteronormatividad procreativa— habría una sola forma de liberarse sexualmente. De ahí los fantasmas de fundamentalismo infiltrados en la lucha feminista, lésbica y gay. Hay que echar a patadas esos fantasmas.
Del mismo modo que “ser hombre” o “ser mujer” son papeles socio-culturalmente construidos, “ser lesbiana” y “ser gay” son construcciones irreductibles al esencialismo de tal o cual repertorio de rasgos. Un proyecto de liberación debe proponerse el objetivo de despojarse de los esencialismos.
Mejor que el pronunciamiento de la liberación sería el despliegue cotidiano de tácticas y acciones emancipatorias. Una de estas acciones es la denuncia de cualquier práctica de intolerancia, estigmatización y odio sexual. Estas prácticas y las ideas que las sostienen deben ser objeto de enérgica confrontación.
Cuando sales del placard, ¿a dónde vas a dar? Quien sale del placard no se libera de poder alguno, sino que se sitúa en un enfrentamiento abierto contra el poder heteronornativo. Hay un afuera del placard, pero no hay un afuera del poder (Michel Foucault, dixit).
Una duda: ¿los homosexuales que demandan el derecho al casamiento legal, son conservadores que abrazan una institución caduca como el matrimonio, o libertarios que aspiran a tomar por asalto un gran bastión del imperio heteronornativo?

Por si no bastara con invocar un supuesto “orden natural de las cosas”, cierto bestiario fascista local pone en aceleración las partículas de su guisado ideológico —amalgama bizarra de telurismo, catolicismo y panteones precolombinos— para exprimirles a los pueblos originarios de las Américas jugos homofóbicos con que preparar nuevas pócimas… que de nuevas poco y nada tienen, más bien rancias sin remedio. Entonces ya no solo es la naturaleza sino aquel natural de estas tierras elevado ahora a la categoría de representante de otro orden infalible. Así nos dicen estos defensores de un nacionalismo enraizado en la noche más oscura de la razón que los Incas despreciaban a los homosexuales. Por lo tanto, a despreciar se dijo, total si es Inca es incuestionable, ahora que el imperio incaico devino en ley escrita con trazo grueso.
Removido el inca de cualquier pedestal fundamentalista, vayan algunas observaciones con respecto a la homosexualidad en los pueblos originarios. Antes de la llegada de los colonizadores, los nativos de estas comarcas y la mayor parte de sus civilizaciones tenían respeto y tolerancia por las personas de esta orientación sexual, así como por la mujer. En Centroamérica, las islas del Caribe y Norteamérica, los homosexuales eran considerados frecuentemente como seres especiales, mágicos, dotados de poderes sobrenaturales cuya cercanía era augurio de buena suerte. El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo relata que había indígenas que acostumbraban, para buscar protección y ayuda divina, llevar una joya de oro que representaba en bajorrelieve un hombre copulando con otro. La institución del "berdache" u hombre-mujer, mago y chamán, en muchas tribus de Norteamérica, así como los ejemplos escultóricos de las culturas mesoamericanas, indican una tolerancia y hasta aprecio de las prácticas homosexuales similar a las del mundo mediterráneo precristiano o las de la India clásica.
En los pueblos precolombinos cada grupo indígena concibió a la sexualidad de acuerdo con su cultura; en el Nuevo Reino de Granada, los caudillos desnudos promovían las relaciones homosexuales entre sus seguidores, lo que escandalizó al cronista fray Pedro Simón quien indignado sentenció a todas estas naciones por haber "caído en el pecado nefando". Según estudios antropológicos, los nativos de Ecuador respetaban la bisexualidad y, según sus leyes y creencias, para ser Chaman era necesario ser homosexual, lo cual implicaba sabiduría, la representación de lo masculino y femenino en un solo ser.
En México hay momentos en la historia del país en los que la homosexualidad y el transvestismo formaron parte normal de la sociedad y eran aceptados hombres que se vestían y realizaban actividades laborales como las mujeres. En el imperio Azteca algunas tribus del estado de Sonora permitían que ciertos hombres asumieran el papel de mujer sin necesidad de tener un esposo, ni tener que avergonzarse de ello en absoluto. Por ejemplo, en la tribu de los Mojaves, los jóvenes tenían libertad para elegir su propia identidad sexual mediante un rito sagrado en el que los infantes tomaban algún objeto femenino o masculino como obsequio. En las poblaciones Zapotecas de Oaxaca aún se pueden encontrar hoy en día los muxe, quienes son considerados parte de un tercer sexo. Los muxe nacieron varones pero se visten con ropa de mujer y asumen roles femeninos en la comunidad. Tradicionalmente los muxes también tenían el rol de iniciar sexualmente a los muchachos adolescentes, ya que no era socialmente aceptado que las jovencitas perdieran la virginidad antes del matrimonio. Un estudio antropológico realizado durante la primera mitad de la década de los 70's encontró que aproximadamente 6 por ciento de la población masculina del Istmo de Tehuantepec estaba compuesta por muxes. En el 2005, la directora mexicana Alejandra Islas filmó un documental acerca de las muxes de Juchitán de Zaragoza titulado "Muxes: Auténticas, intrépidas y buscadoras de peligro".
Muy a pesar de nuestra barbarie vernácula, son escasos los datos acerca del Imperio Inca en cuanto a este tema. A un hombre homosexual o gay se le llamaba hualmishcu, y a la lesbiana holjoshta. En la sierra sureña del Perú la homosexualidad no tenía aceptación alguna, en cambio en la costa central y costa norte era algo habitual. La homosexualidad femenina parece haber sido más conocida: según la crónica de Felipe Guzmán Poma de Ayala, Kapak Yupanqui tenía "un cariño muy especial por ellas" (las mujeres homosexuales). Los Incas sí tuvieron mucha consideración por las mujeres, las cuales gozaban de gran desenvoltura y libertad en el trato social e incluso podían participar en combates en tiempos de guerra. Igualmente, se les permitía ser bastante promiscuas sexualmente y participar en la toma de decisiones.
Ciertamente, parece que en general, la homosexualidad en el incanato no era bien vista (especialmente en la sierra), ya que entre las máximas de la moral inca incluía “no seas afeminado o pervertido”. Nada que temer: las máximas incaicas no equivalen a las leyes de Newton.
En la cultura aymara la homosexualidad era conocida y respetada; del mismo modo, entre los mapuches y guaraníes, principalmente en el pueblo guaraní donde se dice que tenían estas prácticas sexuales con normalidad y naturalidad, sin tener preocupación alguna. Todo esto se puede apreciar en la artesanía precolombina, como en los monolitos, ídolos, vasijas de barro, etc. (Fuente: Indymedia Bolivia 21/09/2009).
Así que dejemos en sus tinieblas al nacionalismo jurásico, entretenido con sus indiecitos de juguete. Sin embargo, no olvidemos que estos personajes y muchos otros menos pintorescos hormiguean en el mundo fuera del placard. Por eso hacen falta acciones cotidianas de emancipación, tácticas que desarticulen ese hormigueo y sus insidiosas larvas.
GÓMEZ

2 comentarios:
Después de este paseo por las culturas precolombinas... yo tengo que venir a nacer justo aquí y ahora?! No hay caso, siempre es más verde el pasto orgiástico del vecino.
No sé cómo hacés, pero yo leo y suena tu voz. Tu esencia impregna tus textos anti esencialistas. Ja.
me encantó esta nota. me hubiera gustado decir algo asi cuando tuve que dar me opinión de esos carteles. pero estaba anonada y sólo dije la verdad que ya empiezo a pensar si no será un invento de las agrupaciones de izquierda y los defensores de la diversidad que estaban aburridas sin tener con que pelearse en epocas en que -yo creia que era asi- cada vez se venia aceptando mas la homosexualidad. Yo soy feliz cuando consigo que mi vieja se autocorrija ahora cuando habla de los setenta y dice la época de los subersiv.. bah de la dictadura. Asi que ya estaba maravillada, pero del horror, no se si me explico.
un gustazo la nota
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