Su arte se cierne sigiloso y exhibicionista a la vez. La astucia conduce cada uno de sus cálculos. Principio dinámico por excelencia, la vida misma se eriza en ellos, en incansable ronda. Sus movimientos son una lanza en vuelo. Acampan en el borde mismo del gran salto. El acecho en los ojos del gran felino, el aire que corta el halcón en picada, el agua filosa en los flancos del escualo… La presa es su cómplice, nada los separaría. La presa sonríe y se recuesta en su alarma. Leen en cada fragmento el rastro de un signo maestro: el gozoso porvenir de su asedio. Cada instante es la antesala del golpe asestado. Su genio asoma entre los recovecos del mundo, barriendo con la mirada el terreno recortado por su vigilia. Acerca de ellos se tejen historias, los reales mitos de su audacia. No ocultan su deseo, lo convierten en guía y emisario: eso los hace magníficos. Se montan en la cima de la escala trófica: allí plantan sus estandartes y banquetes. Los más benévolos, ensayan amables pedagogías, predican lo divertido de las partidas de caza, creen en la transmisión de sus poderes. Sin embargo, en esto quizá fallen. Imposible igualarlos: la cacería sólo puede disfrutarse cuando se empuñan, con clarividencia, fauces y garras.
GÓMEZ GÓMEZ

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