En estos últimos meses del año se ha producido en el espacio urbano local un brote de impresos, adheridos a diversos soportes en la vía pública, difusores de un renovado fervor nacionalista. Ojalá pudiéramos creer que se trata solo de los síntomas de alguna insolación. Estos pronunciamientos se crispan también en sitios web donde los cultores de esta fe se explayan sobre sus apologías y rechazos. Entre otras manifestaciones de este tipo, la agrupación nacionalista tucumana La Barbarie (nunca un nombre tan bien elegido) expone en su página web que lucha contra “la alteración del orden natural: homosexualidad, bisexualidad, travestismo”. Como suele ocurrir, más que la existencia o inexistencia de un “orden natural”, lo interesante está en los usos de ese concepto y en quiénes se lo apropian para sentenciar un “desorden”.Por lo visto, hace falta recordar que acerca de lo humano el único orden natural sostenible es el del libre albedrío. Desde esta condición la humanidad ha forjado diversos sistemas de normas y leyes que regulan la vida social. Pero si se entiende por “orden natural” las determinaciones biológicas, el destino individual y colectivo de los seres humanos no se recorta sobre esos patrones. Claro que en este caso, las alteraciones del “orden natural” están claramente especificadas: aquellas que afectan a la sexualidad, unos de los campos preferidos a la hora de vigilar y castigar. Escandalizan las orientaciones sexuales alternativas, pero no ocurre lo mismo con realidades como la falta de equidad social, será quizá porque desde estas bienpensantes miradas la pobreza y la exclusión son parte del “orden natural”.
Una de las herramientas predilectas de los sectores hegemónicos es la postulación y prédica de un “orden natural”, dispositivo de control y recurso de auto-legitimación. Una vez aceptado ese "orden natural", tenderemos a rechazar toda conducta discordante como "desviada" y la condenaremos por escandalosa, perjudicial o aberrante. ¿Era “natural” el orden monárquico? Bueno, hoy en día nadie —ni los más fervientes defensores de las coronas— se atrevería a afirmar esto. Sin embargo, durante mucho tiempo, el apoyo de los infaltables y siempre funcionales dogmas religiosos, se afirmó que el "orden natural" de la sociedad era la monarquía de derecho divino. En consecuencia, ser partidario de otro sistema, como el republicano, constituía un delito casi blasfematorio. Delito creado, claro está, por la ley de los monarcas, que no tenía nada de "orden natural" porque para la naturaleza no hay delitos. En todo caso, para la naturaleza hay ciertos “errores” de adaptación o de severo desajuste con el equilibrio ecológico que se pagan con la extinción.
Como ya señalamos, la sexualidad suele ser uno de los territorios más celosamente custodiado por estos observatorios del “orden natural”. Por supuesto, cualquier comportamiento sexual que se aparte de la hegemonía heterosexual procreativa será un atentado contra ese orden. Esto se aplica con especial rigor a institucionalizaciones como el matrimonio católico, monogámico e indisoluble. Si este es el "orden natural", entonces una inmensa porción de la humanidad organizada según otros modelos familiares vive en contra de la naturaleza.Sin embargo, la prédica acérrima del orden natural en términos de este modelo de sexualidad (y sexualidad modelo) no es exclusividad de fundamentalismos como el de la derecha nacionalista, La exaltación del esquema heterosexual procreativo monogámico es recurrente en activismos y regímenes revolucionarios socialistas, base para el trazado de un arco que va desde la discriminación hasta la sistemática persecución homofóbica, como es el caso de la Cuba revolucionaria.
El “orden natural” no existe sino como creencia; no es un trazado inapelable de la naturaleza, sino un dictado ideológico. El ser humano, si bien condicionado por su naturaleza, no es un ser natural sino histórico y, como tal, diverso y en permanente cambio. Cualquier arremetida contra esa diversidad es, precisamente, lisa y feroz barbarie.
Una de las herramientas predilectas de los sectores hegemónicos es la postulación y prédica de un “orden natural”, dispositivo de control y recurso de auto-legitimación. Una vez aceptado ese "orden natural", tenderemos a rechazar toda conducta discordante como "desviada" y la condenaremos por escandalosa, perjudicial o aberrante. ¿Era “natural” el orden monárquico? Bueno, hoy en día nadie —ni los más fervientes defensores de las coronas— se atrevería a afirmar esto. Sin embargo, durante mucho tiempo, el apoyo de los infaltables y siempre funcionales dogmas religiosos, se afirmó que el "orden natural" de la sociedad era la monarquía de derecho divino. En consecuencia, ser partidario de otro sistema, como el republicano, constituía un delito casi blasfematorio. Delito creado, claro está, por la ley de los monarcas, que no tenía nada de "orden natural" porque para la naturaleza no hay delitos. En todo caso, para la naturaleza hay ciertos “errores” de adaptación o de severo desajuste con el equilibrio ecológico que se pagan con la extinción.
Como ya señalamos, la sexualidad suele ser uno de los territorios más celosamente custodiado por estos observatorios del “orden natural”. Por supuesto, cualquier comportamiento sexual que se aparte de la hegemonía heterosexual procreativa será un atentado contra ese orden. Esto se aplica con especial rigor a institucionalizaciones como el matrimonio católico, monogámico e indisoluble. Si este es el "orden natural", entonces una inmensa porción de la humanidad organizada según otros modelos familiares vive en contra de la naturaleza.Sin embargo, la prédica acérrima del orden natural en términos de este modelo de sexualidad (y sexualidad modelo) no es exclusividad de fundamentalismos como el de la derecha nacionalista, La exaltación del esquema heterosexual procreativo monogámico es recurrente en activismos y regímenes revolucionarios socialistas, base para el trazado de un arco que va desde la discriminación hasta la sistemática persecución homofóbica, como es el caso de la Cuba revolucionaria.El “orden natural” no existe sino como creencia; no es un trazado inapelable de la naturaleza, sino un dictado ideológico. El ser humano, si bien condicionado por su naturaleza, no es un ser natural sino histórico y, como tal, diverso y en permanente cambio. Cualquier arremetida contra esa diversidad es, precisamente, lisa y feroz barbarie.
GÓMEZ

2 comentarios:
Pocas cosas son tan naturales como que entremos a internet y nos pongamos a escribir cosas en paginas web y despues salgamos a pegar afiches discrinando gentes...
Ya en los 90, Perlongher habia dicho que se habian pasado la diversidad cultural y la antropologia estructural de Levi-Strauss por el orto! Se equivocaba, no es producto del olvido o de la falta de comprension, es producto de construir una superioridad racial, sexual o economica para creerse mejores que otros y poder seguir discriminando y matando gentes, matando ideas... es el miedo profundo que tienen de reconocer su propio deseo, ahi donde ese deseo mete quilombo hay que cortarlo de raiz en ellos y en todo aquel que quiera meterles quilombo... parece ser que la frase de cancha seria: "Vida la tranquilidad burguesa, Muerte a los salvajes diferentes"
Impecable Pedro.Estos tipos se creen los guardianes del patriarcado hetero-compulsivo. En Santiago, sus graffitis intolerantes están pintados hace por lo menos cuatro años en un organismo público y a nadie se le ocurrió quitarlos. En una escuela sobre la calle Belgrano, el graffiti estuvo por lo menos tres. Y ya salieron a la calle a manifestar. Una revista local les dio cobertura de tapa.
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